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HOMBRE SOLO

Publicado en por ALONTRIX

Ella sabía de los ciclos lunares para sembrar, cosechar y cortar madera. Sabía cómo masajear el vientre de las mujeres embarazadas cuando el bebé se encuentra mal ubicado, sabía cómo hacer una y mil bebidas con plantas para curar espantos, mal de ojo, vicios. Sabía hacer los merengones más deliciosos del pueblo y se encerraba celosamente en su habitación para que nadie se diera cuenta de su receta. Cargaba atados de leña en su mula para el fogón de su casa, en fin. Doña Irene servía hasta de consejera pero no era tan sabia, no conocía un detalle, que el hombre solo es una herramienta que se utiliza para apretar el empaque de un grifo de agua cuando se cambia debido a un daño. O sea que de la plomería no sabía nada.

Era buena amante se decía y alcahueteaba mucho a ese haragán que tenía como puyón. Ese señor no movía ni un músculo. Todo era ella, cocinar, lavar, asear la casa, el galpón, la finca, pero él echadote solo porque tenía una pierna lastimada desde hacía años y cojeaba al andar, no podía hacer fuerza ni para levantar la silla de los caballos. En las mañanas doña Irene salía a dejar sus hijos a la escuela, volvía a casa a seguir laborando, en la tarde apartaba los terneros, cortaba hierba para los cuyes, les quitaba sus desechos y limpiaba las jaulas, cocinaba y casi a la media noche terminaba su ardua labor.

En el pueblo la idiosincrasia y burla de sus paisanos no se hizo esperar.

- Pobre doña Irene. Ella a trabajar desde temprano y el marido en casa solo.

- El hombre solo hay que llamarlo.

Ese día aquel personaje fue bautizado con un apodo el cual en menos de una semana ya lo conocían todos.

- ¡A mí me respetan condenados! Así les reclamaba el señor completamente iracundo alzando con fuerza una de sus muletas cuando los niños al pasar hacia la escuela le veían y en coro gritaban ¡Adiós hombre solo!

Otros aprovechaban las horas oscuras de la noche en las que no se reconocían las personas y en sus arengas se pasaban demasiado.

- ¡Hombre solo, tengo una fuga de agua en el grifo del lavaplatos de mi casa!

¡Vení y me lo apretás!

Y entre más se enojaba, más lo molestaban. Sin embargo las cosas fueron tan lejos que Irene cansada de esa burla se desquitó y siendo la partera del pueblo, se negó a ayudar a la casquisuelta de la Lucía que se embarazó a los quince años, no quiso masajearle su vientre, no estuvo en el parto, la bebé se ahogó con su propio cordón umbilical. Todo porque el pueblo en su totalidad la agarró en contra de su marido. Ese suceso marcó la hecatombe, para todos los habitantes Irene y su esposo desaparecieron de la faz de la tierra, los ignoraron, ya no gritaron más ¡Adiós hombre solo! No les daban lugar en la iglesia, en la tienda ya ni les vendían, sus hijos eran tratados como hijos de asesinos. No les perdonaron jamás el rechazo a una emergencia.

Con los años la siembra de la coca daba más dinero que la siembra de los productos típicos de la región, con la bonanza llegaron personas extrañas y dos de ellos, unos morenitos corpulentos de piel canela como el bolero se establecieron en la antigua cantina El socorrito. Con ellos cambió todo, se convirtieron fácilmente en amos y señores, caminaban por las calles armados hasta los dientes, se creían dueños de todo. Llegaron acompañados de su madre, una mujer entrada en años a quien nadie reconoció a primera vista, tardaron días para darse cuenta de que esos morenitos y aquella mujer eran la familia del cantinero, claro, por eso llegaron directamente a la cantina, a ese lugar nadie había entrado desde que mataron al mejor amigo de todo el mundo, (el que fía en su negocio siempre será amigo de todos). El cantinero.

- Mamá, se jodió la llave, busque herramienta en ese cuarto viejo y quizás encontremos un alicate para apretar la rosca del grifo.

- No se preocupe mijo, luego hace ese arreglo yo por lo pronto quiero visitar a misia Irene, que no la veo desde que salimos para la ciudad. Yo no creo que usted la recuerde porque cuando nos fuimos de aquí ustedes estaban muy pequeños.

- ¿Y ella nos recordará a nosotros? A usted tal vez sí por ser comadre. Vaya usted y dígale que si le puede prestar un alicate para apretar este grifo oxidado.

- Bueno mijo ya vuelvo.

- ¡No! Un alicate no, mejor un hombre solo.

Todos los hijos jamás perdonarán una ofensa hacia su madre y menos si pueden defenderla. Con Irene y su esposo empezó una larga lista de asesinatos ya por venganza o por ajuste de cuentas, tantas muertes marcaron una época difícil de olvidar y que mantiene secuelas en los habitantes de esta región.

- Comadre Irene cómo está. Qué felicidad volverla a ver. Llegamos hace días y usted ni se deja ver por estar de un lado para el otro.

- Ay comadre, es que el alimento de la familia y la tierra no da espera.-

- Vaya que tiene razón, por eso vine yo al pueblo, a ponerle el hombro a las cosas de mi difunto marido en la cantina y si viera que se nos dañó la llave del tanque. ¿De casualidad aquí en su casa usted tiene un hombre solo para que me lo preste un rato?

- ¡Vaya a comer mierda, vieja bruja, metida, andrajosa, mal nacida!

De un portazo se cerró la puerta y la señora Irene quedó impresionada sin saber lo que sucedió.

Y noches después de haber vengado la muerte de su padre, los morenitos fueron por los integrantes del matrimonio en cuestión, esos que ofendieron a su madre cerrándole la puerta en sus narices y que ultrajaron verbalmente sin son ni ton. El señor por cojear no pudo huir y cayó en el solar, su esposa fue ultimada en el baño y sus hijos, mirando todo, grabaron la imagen de los asesinos en sus todavía jóvenes almas.

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